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| Gaceta de la Regencia de España e Indias 24/08/1810 |
Donde acaba el camino y empieza la sierra (Agosto de 1810)
A finales del verano de 1810, cuando los días todavía eran largos pero el calor comenzaba a ceder en las umbrías, la Sierra de Segura volvía a cumplir una de sus funciones más antiguas: recoger a los hombres que huían del ruido de la guerra para volver a organizarse en silencio. No era la primera vez ni sería la última. La sierra, como siempre, no preguntaba nombres ni banderas. Simplemente abría paso.
Desde Murcia llegaban noticias oficiales. El teniente general Joaquín Blake había trasladado su cuartel general desde Elche, ajustando posiciones en un tablero que cambiaba cada semana. Más al norte, en el reino de Jaén, el teniente coronel Hermenegildo Bielsa sostenía una guerra distinta, menos visible, más áspera: la guerra de las partidas, de los caminos secundarios, de los pueblos que aparecían y desaparecían del control francés según el día y la hora.
La Sierra de Segura formaba parte de ese territorio incierto. No era un frente definido, sino una retaguardia viva, una tierra de tránsito donde los convoyes buscaban amparo y las partidas guerrilleras encontraban descanso momentáneo antes de volver a disolverse en los montes. Aquí, la guerra no se anunciaba con clarines, sino con rumores, columnas de humo lejanas y el eco de los disparos rebotando en las laderas.
A mediados de julio, dos de esas partidas —la de Gerónimo Moreno y la del alférez Pedro Alcalde— sumaban algo más de doscientos hombres, infantería y caballería mezcladas. No eran soldados de academia en su mayoría, pero conocían cada vereda y cada collado. La orden que recibieron era clara: extraer sesenta potros que los franceses mantenían en el término de Martos. En aquella guerra, un caballo podía decidir una retirada o una persecución; podía salvar una vida o condenar una columna entera.
La operación se ejecutó con sigilo. Los potros tomaron el camino de Valdepeñas escoltados por la infantería, mientras Moreno retenía a la caballería enemiga con un tiroteo contenido, sin buscar el choque decisivo. Disparos breves, calculados. Tiempo ganado.
Entre aquellos franceses había hombres que nunca habían oído hablar de Martos ni de Valdepeñas antes de llegar allí. Soldados del Imperio, arrancados de sus aldeas por la leva, enviados a una guerra que no entendían del todo. Algunos caerían sin saber siquiera el nombre del lugar donde morían. La guerra también se compone de esas biografías borradas.
En el convento de Cazalla llegó la noticia de que un destacamento francés marchaba desde Carchalejo hacia Pegalajar. El enfrentamiento fue inevitable. El cortijo incendiado, el combate prolongado, los muertos en el campo. Moreno mató al comandante enemigo. Alcalde hirió al ayudante. Sesenta y ocho franceses quedaron en el terreno. Uno solo fue el muerto español en aquella acción. El balance, frío sobre el papel, fue devastador en lo humano.
La retirada posterior, el combate de seis horas en Quesada, los nombres de oficiales y soldados que se distinguieron, y finalmente la marcha hacia Segura de la Sierra, forman parte de una misma secuencia que quedó recogida en un parte oficial publicado en la Gaceta de la Regencia de España e Indias.
Ese documento, fechado en Murcia el 10 de agosto de 1810 y publicado el 24 del mismo mes, dice literalmente lo siguiente:
"Murcia 10 de agosto. El teniente general D. Joaquín Blake ha trasladado á esta ciudad su quartel general desde Elche, donde se hallaba anteriormente.
El teniente coronel D. Hermenegildo Bielsa, comandante de las partidas de Guerrillas del reyno de Jaen, da parte de varias acciones y movimientos de los patriotas en el territorio de su mando.
- A mediado de julio D. Gerónimo Moreno con su partida y la del alferez D. Pedro Alcalde, compuestas ámbas de 210 hombres de infantería y caballería, intentó de órden de Bielsa extraer 60 potros qu hubo noticia tenian los enemigos en el término de la villa de Martos, guarnecida á la sazon por 140 franceses. Realizada la empresa con las precauciones convenientes, tanto para no ser sentido, como para defenderse en caso de ataque, marcharon los potros por el camino de Valdepeñas escoltados por la infantería, mientras que Moreno se quedaba con la caballería para entretener el tiempo conveniente á los enemigos que había en el mismo lugar de Valdepeñas, como lo consiguió sin recibir daño alguno durante el mútuo tiroteo. Al llegar al convento de Cazalla, tuvo aviso de que el destacamento francés de Carchalejo, compuesto de 83 hombres, marchab á Pegalajar. Siguieron la marcha los potros escoltados por 50 peones y 4 ginetes, y el resto de los nuestros se dirigieron á los franceses, que acobardados por nuestro fuego, se refugiaron á un cortijo, é incendiado éste (no se sabe de que modo) salieron al campo y volvieron á la pelea. La acción fué larga y sangrienta: Moreno mató por su mano al comandante contrario: Alcalde hirió al ayudante, y se distinguieron los Francisco de la Cruz, Miguel Ibañez y José Bello. Los franceses perdieron 68 hombres, quedando en poder de los nuestros todas las armas, mochilas, equipages de los oficiales y una caxa de guerra: por nuestra parte tuvimos un muerto y 4 heridos. Los enemigos restantes hubieran tambien perecido, si Moreno no hubiese resuelto su retirada á conseqüencia de haber sabido que venian á buscarle la guarnición de Pegalajar y parte de la de Jaen. Legó á Quesada el día 22: y aunque estaba reducido su destacamento á 110 hombres útiles por el cansancio y la necesidad de escoltar la presa que caminaba siempre delante, salió á recibir á los enemigos, que venian en número de más de 200, entre ellos 53 de caballería. Duró el combate 6 horas, al cabo de las quales el enemigo se retiró abandonando el campo, donde encontramos 5 cadáveres de los suyos: por noticias posteriores sabemos que tuvieron mucho heridos, cinco de ellos de gravedad. Un muerto y un herido fueron nuestra pérdida. Señaláronse en esta última acción D. Vicente María de Haro, teniente del regimiento provincial de Alcazar de S. Juan, que ántes de ella se invorporó con 4 soldados, el sargento 2º Luis Moreno, el cabo 1º Luis Dupon, y los soldados Pedro Gonzalez, y Peseta. Siguióse despues la marcha con delicidad hasta Segura de la Sierra, donde se hallaban tropas y convoy el 25. El 2 de este mes hizo Bielsa un reconocimiento sobre la ciudad de Ubeda, de donde no se atrevieron á salir los enemigos que en ella habia. El 4 hubo un encuentro entre los franceses y la partida de Moreno, que reforzada por la de caballería de D. Juan Uribe, obligó á huir al enemigo, haciendole 3 prisioneros.
El dia anterior, 10 hombres de la partida de Moreno que habian entrado disfrazados en Ubeda, se introduxeron en el quartel frances de caballería, sorprehendieron á los que cuidaban los caballos, pusieron á 10 de estos las sillas, tomaron 10 espadas, y montando sindetención, salieron á todo escape hasta presentare a su comandante.
Por la parte del reyno de Granada, habiendo salbido en Sorbas nuestras guerrillas que los enemigos debian ir por raciones a Uleila el 6 del corriente, se enboscaron en el camino, pelearon con ellos y los ahuyentaron." - aquí puedes leer el original
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| Recreación de la invasión francesa de Segura de la Sierra (Jaén) |
Tras ese último renglón —“Segura de la Sierra”— el parte se detiene. La Gaceta no explica nada más. No describe el cansancio, ni el silencio posterior, ni la sensación de haber llegado a un lugar donde, al menos por unos días, la sierra protegía.
Segura de la Sierra no era solo un punto en el camino. Era un final provisional, un refugio, un espacio donde las tropas y los convoyes podían reorganizarse antes de volver a disolverse en la guerra. La sierra, con sus pasos estrechos y su geografía áspera, hacía el resto. No combatía, pero decidía quién podía avanzar y quién no.
Allí terminaban muchas marchas. Y allí también quedaban, para siempre, los rastros invisibles de quienes no regresarían. Españoles y franceses. Unos defendiendo su tierra; otros, muriendo lejos de la suya. Soldados cuyos nombres quizá figuran en un parte, pero no en la memoria de sus hogares, donde alguien siguió esperando una carta que nunca llegó.
Segura de la Sierra volvió a cumplir su papel antiguo y silencioso:
recoger a los vivos, guardar a los muertos y permanecer cuando todos los ejércitos pasan.