Atardecer en La Fresnedilla
Pentabuelos, noviembre de 2025
La tarde cae despacio, como una hoja que no quiere tocar el suelo. El sol se detiene un instante sobre la cumbre de Navalperal, y tiñe de oro viejo los muros blancos de la escuela. El aire huele a tierra mojada, a hojarasca seca que cruje bajo los pasos del otoño, a memoria encendida.
Me siento en el banco de madera, frente a la puerta, y dejo el libro abierto sobre las rodillas. Ya no leo: dejo que las palabras se mezclen con el rumor del aire que sopla por la nuca, con el murmullo del monte, con la respiración tranquila del tiempo.
Todo es quietud. La luz se retira como un animal cansado que busca cobijo entre los troncos del castañar. Los árboles parecen escuchar. El banco cruje como si tuviera algo que contar. Y yo me quedo ahí, sin decir nada, con los ojos cerrados y el alma abierta, viendo pasar el mundo por dentro.
Dentro, el fuego espera. Imagino el chisporroteo, el calor suave, las castañas girando sobre las brasas, y ese olor antiguo, humilde y dulce, que llena la casa de infancia y consuelo.
La tarde se apaga. Sobre la sierra, el cielo se vuelve violeta y la primera estrella se asoma, curiosa, como un niño que busca su camino de regreso.
Entonces lo entiendo: no hace falta que el sueño se cumpla. Basta con vivirlo así, en la hora justa del silencio, cuando todo parece recordar su nombre, y la vida, por un instante, vuelve a ser sencilla, como una lectura tardía al borde del fuego, en el corazón callado de La Fresnedilla.
La escuela de La Fresnedilla al atardecer. El sol se despide tras la sierra de Navalperal mientras el aire del otoño trae olor a hoja seca y promesa de fuego en el hogar.
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